Hace un año, en una columna publicada en El Correo, identifiqué dos presidencias distintas —George W. Bush y Barack Obama— a partir de un dato lamentable: la cantidad de civiles iraquíes asesinados por los Estados Unidos de manera anual entre 1999 y 2008. No es coincidencia que, durante sus segundos periodos presidenciales, esta cifra se haya disparado. Históricamente, las segundas gestiones presidenciales estadounidenses concentran decisiones estratégicas tomadas antes del cierre definitivo del poder, cuando los costos políticos internos dejan de ser una preocupación central.

En este marco, a Donald Trump se le ha cuestionado públicamente si consideraría una reforma a la Enmienda Constitucional 22 que se legisló tras las tres presidencias consecutivas de Franklin D. Roosevelt, con el objetivo de limitar el ejercicio del poder ejecutivo a únicamente dos periodos. Si bien todos los presidentes estadounidenses anteriores a Roosevelt se limitaron a dos mandatos, ello respondió más a una tradición política heredada de George Washington que a una prohibición constitucional. Hoy, Trump ha manifestado abiertamente, incluso con entusiasmo, su interés en avanzar en una reforma de este tipo para continuar su mandato. Como se publicó en el NBC News: <<Cuando se le preguntó si se le han presentado planes para permitirle buscar un tercer mandato, Trump dijo: “Hay métodos que podrías hacer”>>.
De la misma forma, las declaraciones de Trump sobre la administración de Joe Biden y su aproximación con Venezuela para la compra de petróleo contenían un mensaje implícito de amenaza hacia el derrocamiento de Nicolás Maduro y del régimen chavista. Dicho mensaje no se expresó en términos diplomáticos ni ideológicos, sino desde una lógica directa de control de recursos estratégicos. A su vez, advertí que el caso venezolano no podía analizarse únicamente desde su dinámica interna, sino desde su posición dentro de un sistema internacional entre los polos -frente estadounidense vs. oriental (China y Rusia)- en transformación acelerada del Orden Mundial. Hoy, esa advertencia cobra una relevancia mayor.
Venezuela se encuentra nuevamente en el centro de una tensión geopolítica que ya no se expresa solo mediante sanciones o presiones diplomáticas, sino que se afronta actualmente a una intervención directa por parte de los Estados Unidos bajo la segunda gestión presidencial de Donald Trump, en el marco de una actualización de la Doctrina Monroe, actualmente denominada Doctrina “Donroe”.
Un hecho estructural atraviesa este escenario internacional: las tres principales conexiones del Estado venezolano coinciden con las tres mayores amenazas estratégicas declaradas por el aparato de seguridad estadounidense y por el Comando Sur, a saber, Irán, China y Rusia. Esta convergencia no es ideológica ni simbólica, sino profundamente estratégica, y explica por qué Venezuela ha sido observada históricamente como un punto de fricción hemisférica para los Estados Unidos desde la consolidación del régimen chavista, particularmente a partir del gobierno de George W. Bush. La causa del embargo impuesto a Venezuela en 2006 estuvo vinculada directamente al conflicto con Exxon Mobil.
Durante el inicio del nuevo milenio, la política exterior y militar estadounidense se concentró casi exclusivamente en Medio Oriente, bajo el pretexto del combate al terrorismo tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Esta focalización redujo de manera significativa la atención sobre América Latina, en contraste con la proximidad constante que caracterizó a la región durante la Guerra Fría, cuando los gobiernos considerados “socialistas” eran percibidos como amenazas directas a la seguridad nacional estadounidense. Este vacío relativo permitió a Venezuela diversificar alianzas y construir respaldos internacionales fuera del eje tradicional de Washington.
Sin embargo, este margen comenzó a cerrarse en el contexto post-pandémico y de la primera presidencia de Trump. La simultaneidad de conflictos globales ha reconfigurado las prioridades estratégicas de los Estados Unidos, obligándolo a replantear su presencia en regiones que habían quedado en segundo plano en algún momento. América Latina vuelve a aparecer en el radar, no solo como zona de contención frente a potencias extrahemisféricas, siendo China el principal socio comercial de la mayoría de los países en la región, sino también como espacio de ampliación territorial imperialista o, al menos, como región clave para el flujo económico global pro-occidental con un mínimo de regulaciones estatales.
En este nuevo escenario, la situación de Venezuela es sustancialmente distinta a la de 2016 y 2019. Durante la primera gestión de Trump, el gobierno de Nicolás Maduro contaba con respaldos externos relativamente sólidos. Hoy, esos mismos aliados enfrentan crisis internas y conflictos externos que limitan de manera significativa su capacidad de apoyo efectivo, dejando al régimen chavista en una posición de mayor vulnerabilidad.
La guerra en Ucrania se vuelve central en este análisis. Ante una posible toma militar estadounidense en Groenlandia, territorio soberano de Dinamarca, Europa se vería directamente perjudicada y la OTAN fragmentada. En ese escenario, Rusia estaría, al menos de manera hipotética, en condiciones de ejercer una presión militar mucho más agresiva sobre el continente europeo. Ucrania deja así de ser únicamente un conflicto regional para convertirse en el termómetro de la estabilidad europea en su conjunto, reflejando una “salud” estructural profundamente deteriorada.
Mientras tanto, China enfrenta su propio frente de tensión. El conflicto en torno a Taiwán ha sido señalado explícitamente por el Partido Comunista Chino como una prioridad estratégica, con la meta de avanzar hacia su anexión a la República Popular China hacia el año 2030. Este objetivo redefine el equilibrio en el Indo-Pacífico y condiciona toda la política exterior de Pekín en los próximos años. La presión sobre Taiwán obliga a China a concentrar recursos políticos, económicos y militares en su entorno inmediato, reduciendo su margen de acción en escenarios lejanos como América Latina, lo que tiene implicaciones directas para Venezuela. Se han visto involucrados Japón y EE.UU., sin embargo, han tenido una baja participación militar
Irán, por su parte, atraviesa una crisis que ya no es únicamente económica, sino también política. Las protestas internas por derechos de género, impulsadas por movimientos feministas, se combinan con demandas políticas más amplias contra el régimen. Esta situación debilita la capacidad del Estado iraní para proyectar poder más allá de su región inmediata y lo obliga a concentrarse en su estabilidad interna. A ello se suma su proximidad geográfica y política con Palestina y el Estado de Israel, país que desde 1997 ha solicitado a Estados Unidos una intervención contra Irán bajo el argumento de una amenaza nuclear no comprobada.
La combinación de sanciones, crisis económica y movilización social en Irán reduce significativamente su margen de maniobra internacional. En consecuencia, el apoyo que Teherán puede brindar a aliados como Venezuela se vuelve cada vez más limitado y simbólico, más discursivo que material.
Rusia, China e Irán, considerados amenazas estratégicas por el Comando Sur, enfrentan así un momento de repliegue relativo. Este contexto modifica radicalmente la ecuación venezolana y latinoamericana. Sin aliados fuertes capaces de contrarrestar una ofensiva estadounidense, el régimen chavista queda expuesto a una presión directa mucho más intensa.
La coyuntura venezolana se inscribe, además, en un contexto de intervención cada vez menos velada. Las declaraciones de Donald Trump sobre el petróleo venezolano, su afirmación de que este recurso ya sería de los Estados Unidos si él continuara en el poder, y los movimientos diplomáticos recientes apuntan a una estrategia que abandona la retórica de seguridad para centrarse abiertamente en el control de recursos estratégicos.
Este enfoque se articula con una lógica de soberanismo fuerte estadounidense que permite a Trump maniobrar con mayor agresividad en su segunda gestión. A diferencia de su primer mandato, caracterizado por el desmontaje de acuerdos ambientales y multilaterales, esta segunda gestión se desarrolla en un contexto de confrontación directa con China y Rusia, así como de respaldo político y financiero a conflictos de alta intensidad.
Un ejemplo claro de esta lógica expansionista es el interés renovado de Trump en Groenlandia. Más allá de lo anecdótico, Groenlandia representa un punto estratégico clave para el control del Ártico, de nuevas rutas marítimas y de recursos naturales emergentes. Su ubicación refuerza la proyección militar estadounidense en una región cada vez más relevante ante el deshielo polar y coloca a Europa en una posición de mayor dependencia estratégica respecto a Washington.
El caso de Groenlandia no es un episodio aislado, sino una señal de advertencia para Europa. En un escenario de debilitamiento de la OTAN, la seguridad europea queda expuesta a una reorganización del poder regional que favorece a Rusia. La posibilidad de una disolución o debilitamiento sustancial de la alianza atlántica abriría un espacio para que Moscú avance con mayor libertad sobre el continente.
Ante este panorama, aceptar la intervención externa como un hecho inevitable no es una opción para la defensa de las soberanías en América Latina. Sin embargo, tampoco lo es la defensa acrítica del régimen venezolano. La dictadura de Nicolás Maduro ha sido autoritaria, represiva y profundamente dañina para el tejido social del país, y reconocerlo no implica justificar el imperialismo.
El dilema no es elegir entre dictadura o intervención, sino comprender que ambos fenómenos pueden coexistir y retroalimentarse. Defender la soberanía exige rechazar la injerencia externa sin romantizar el autoritarismo interno, una tarea compleja pero indispensable en el contexto actual.
Es precisamente aquí donde se vuelve urgente replantear qué significa la soberanía en un mundo marcado por conflictos simultáneos, alianzas frágiles y potencias que ya no buscan estabilidad, sino ventaja estratégica inmediata.
Referencias bibliográficas






Deja un comentario