La situación social que atraviesa nuestra América durante estas primeras décadas del siglo XXI nos invita a replantear cierto tipo de lecturas con exigencias particulares que miren hacia la historia, la filosofía y la sociología. Esto, sin perder de vista la proyección y el sentido que tienen obras como las de Arturo Andrés Roig, quien destaca la conducta humana desde sus valores y el rescate de éstos. De igual forma, propone que una de las vías es a través de los derechos humanos y de la reivindicación de la dignidad de la condición humana.

Para entender la obra de Roig, debemos considerar la capacidad que tiene el hombre para elaborar experiencias y hacer de éstas parte de la historia, por lo que, lo anteriormente mencionado incluye las posibilidades no realizadas en una situación histórica. Debido a esto, es importante señalar la postura de Roig frente a los diferentes debates que surgieron en relación con el sujeto y la preservación de valores presentes en su obra, la cual, a su vez, gira en torno a la condición humana, la ética y la moral. Todo lo anterior, a partir de una relectura para nuestros tiempos en crisis, así como para los colapsos que hoy han tenido ciertas resistencias en comunidades o agrupaciones en América Latina.

La disposición que tenemos de vivir una transformación como sociedad está latente si consideramos y reconsideramos propuestas útiles en medio de la conducta rapaz, voraz y astuta del sistema capitalista.

Una misma formulación moral puede, además, cambiar con el tiempo y hasta llegar a posiciones no muy compatibles con sus inicios. Inclusive se da el caso de aquellos que sostienen actitudes morales que no ofrecen una clara congruencia teórica, pero que se muestran integradas, normalmente, en una praxis.

Para poder asistir a la revisión del concepto, es necesario preguntarnos si la democracia en cuanto ejercicio del poder popular, posee una idea reguladora, que le permita colocarse, mirando de modo constante hacia la sociedad civil. Si queremos dar respuesta, se piensa en la posibilidad de un haz de actos decisorios, que de pronto, en la vida cotidiana se muestran carentes de mediación; entre lo decidido y quién lo decide, no habría interpolaciones ni intermediarios.

Por tal motivo, una de las preguntas inevitables es: ¿es posible, no ya la vida política, sino todas las formas de vida humana, así como la relación con la naturaleza, sin formas de mediación? 

Jean Baudrillard y otros de los llamados “posmodernos”, han afirmado que han caído todas las mediaciones, y que «vivimos en un mundo transparente”.

En esto radica la importancia de generar espacios de diálogo que nos permitan la reflexión constante de la realidad que atravesamos hoy en nuestro país y en Latinoamérica, pues no solo la propuesta viene de espacios académicos, me refiero a las clases en las aulas, sino de todo un contexto de nuestro diario vivir en el que sí tenemos incidencia a partir de lo visto y aprendido en los espacios de construcción del conocimiento.

Para ello, resulta necesario enfocarnos en comprender el concepto de democracia a partir de ciertas mediaciones, que sí resultan necesarias, en el libro de: Teoría y Crítica del Pensamiento Latinoamericano del filósofo e historiador mendocino, A. Andrés Roig, se rescata la posibilidad de construir mediaciones a partir del sujeto o individuo no visto desde la individualidad, como el neoliberalismo vino a plantear en la educación y  el conocimiento para los años ochenta, sino desde un individuo que ya es en sí social. De ahí que el “yo” el “nosotras” “nosotros” constituyan referentes vivenciales dados inevitablemente a la par.

Las mediaciones que acompañan a este hecho, algunas tienen una presencia fuerte y en otros casos se diluyen en el entorno social, todas constituyen formas de mediaciones: el género, educación, inserción laboral, clase social, sociedad civil; todas constituyen formas de mediación, que muestran variantes epocales y circunstanciales, conforme a las situaciones que se viven. Para ello es importante señalar, que las mediaciones se dan con grados diversos entendiendo su historicidad y el significado de ella.

Hay otras formas de mediación ineludibles: el Estado y, con él, las formas de gobierno, así como de otro universo de tanto peso como los mencionados: el mercado. Pues bien, ¿qué sucede en el seno de las democracias del mundo capitalista en los casos en los que el poder del mercado y sus intereses predominan, invaden y conforman a la actividad política? Pues, que resulta “natural” dentro del discurso vigente, la reducción de la fuerza de trabajo a simple mercancía como consecuencia de lo cual el ser humano que vende aquella fuerza resulta socialmente borrado.

Así pues, el discurso político se monta sobre las relaciones sociales encubiertas. Atendiendo a esto, lo correcto no es hablar “de la mano oculta” del mercado, sino de la mano del mercader que se oculta en el seno de una identidad hipostasiada: el Mercado. Que este hecho informa el discurso de la representación de las democracias, nos parece irrebatible, y la pregunta que surge es siempre, a quiénes “representan”, los llamados” representantes del pueblo”, sobre todo cuando las categorías de exclusión y marginación social, tienen plena vigencia.

Ahora bien, si desde el Estado se generan y consolidan mediaciones obstructivas, desde la clase social organizada, deberían construirse mediaciones con un germen colectivo de emergencia en la protesta o apoyadas en los movimientos sociales. Pues, lamentablemente en nuestros tiempos, siguen dominando las oligarquías de espíritu mercantil perverso, que anteponen las “leyes del mercado “a las leyes políticas e imponen un ordenamiento a éstas respondiendo a intereses de funcionarios, vestidos de políticos que suelen ser, sin más, mercaderes.

Por Liliana López Espinosa*

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